Interpretar la emigración puertorriqueña

Últimamente he estado pensando mucho en la emigración puertorriqueña hacia Estados Unidos.Creo que los conflictos psicológicos causados por dicha emigración son injustamente menospreciados por la academia, los medios y el estado. Claro, en comparación con emigraciones como la de los dominicanos a Puerto Rico, la de los cubanos a Miami, y la de los mexicanos a Estados Unidos, parecería que la emigración boricua, una de avión y pasaporte, es sólo un paseo sin regreso.
Pero este proceso causa muchas confusiones en los sujetos que experimentan, de una u otra forma, este fenómeno.
Los que se van
Los que emigran muchas veces no saben como interpretar y entender su emigración. Unos se sienten expulsados por su país, y desarrollan sentimientos de rencor y coraje contra su lugar de origen, por entender que representa todo lo malo que desean dejar atrás. Este sentimiento se puede observar en los individuos incluso desde antes de que emprendan el viaje. Estas personas convierten al territorio que dejan en una metáfora que engloba todos sus problemas y obstáculos. Algunos, incluso, suelen aconsejarle “a todos” que se marchen de la Isla.
He conocido puertorriqueños residentes en Estados Unidos que, aunque no lo admitan, se les nota que les produce placer ver noticias negativas sobre Puerto Rico –como la crisis económica, la alta criminalidad y la corrupción gubernamental— por que ésto, al parecer, les hace sentir que la decisión de marcharse fue la correcta. En los comentarios que se dejan en El Nuevo Día referentes a la criminalidad o la corrupción podemos encontrar muchos ejemplos de esta actitud.
Por otro lado, otros pueden desarrollar sentimientos de culpa. Al estar altamente influenciados por la romantización pre moderna de Puerto Rico, empiezan a añorar a una Isla ideal –inexistente– y a cuestionarse si el emigrar para buscar “algo mejor” fue la decisión correcta, y no un acto de desesperación, codicia y “mal agradecimiento”.
Otro grupo puede viajar a Estados Unidos y sentirse muy a gusto con la superioridad de la calidad de vida que encuentren en su nueva residencia. Entonces empiezan las comparaciones, y ante esto, varias pueden ser las reacciones de los puertorriqueños en la Isla.
Los que se quedan
Muchos en Puerto Rico toman esas comparaciones como prueba de la superioridad de todo lo estadounidense frente a lo puertorriqueño, y no sólo en cuanto a oportunidades económicas, sino en cuanto a inteligencia, modales, astucia, honradez, buenas tradiciones, etc. Todo ésto abona al ya desarrollado sentimiento de inferioridad colectiva del colonizado.
Otros podrían reaccionar ante las comparaciones con disgusto. El tener a alguien de visita hablando sobre cómo su salario es mejor que el tuyo, sobre cómo los servicios de su ciudad son mejores que el tuyo, sobre cómo sus vecinos son más honrados y buenos que los tuyos, y sobre cómo las carreteras, los edificios, el tendido eléctrico, las costas, el mar, el cielo y la tierra son mejores que todo lo tuyo, no es agradable.
Además de éstas reacciones, los que se quedan pueden desarrollar distintas interpretaciones del proceso de emigración de sus compatriotas.
Algunos, al no tener la necesidad de emigrar y buscar mejores condiciones de vida, pueden ver a los emigrantes como los que buscaron la solución más fácil, los que abandonaron el país por más dinero, y hasta pueden llegar al extremo de ver algo de traición en la emigración (lo cual es compatible con la visión de los puertorriqueños con sentimientos de culpa en EEUU).
Armonizar las interpretaciones
Tal vez la solución sería dejar de metaforizar algunas cosas, y verlas de forma más literal y según las circunstancias individuales. Cada cual encuentra sus propias oportunidades de manera diferente, en tiempos diferentes y en lugares diferentes. La acción de moverse a tierras lejanas es algo tan antiguo como la humanidad, así como, lo contrario, el deseo de permanecer en un sitio. Por lo tanto, ni los que se quedan deben recriminar y juzgar a los que se van, ni los que se van deberían ser sadicos ni inculcar envidia. Cada cual escoge sus caminos y sus decisiones. Total, se puede ir, regresar o quedarse, pero los verdaderos amigos y la familia serán los mismo. Al final todos somos familiares que vivimos lejos.
