Tinta Digital

September 10, 2006

Por qué Puerto Rico no se independizó

Una gran pregunta histórica que se ha planteado muchas veces es el por qué Puerto Rico, a diferencia de todos los otros paises hispanoamericanos, no obtuvo su independencia de España. Esta pregunta incluso creo que atormenta a algunos independentistas, quienes admiran profundamente lideres revolucionarios como Simón Bolivar y José Martí, y se preguntan por qué en Puerto Rico nuestros revolucionarios no pudieron alcanzar lo que hicieron estos proceceres vecinos.

A ménudo, se cae en el error de contestar esta cuestión con explicaciones puramente espirituales, como los que dicen que los puertorriqueños siempre han sido un pueblo dócil (como René Marques argumentó en su ensayo El puertorriqueño dócil), los que dicen que los puertorriqueños no tienen autoestima, ni valor, ni coraje. En fin, que el puertorriqueño es pobre de espiritu y carece de todo lo que le sobró a otros pueblos.

Pero las causas de los ideales son, casi siempre, económicas y materiales. Si en Puerto Rico nunca progresó la idea de la independencia, era porque no convenía económicamente a su clase dirigente, y si en otros paises si se adoptó, era por que sí le convenía económicamente a este grupo.

Esto lo podemos ilustrar comparando a Puerto Rico y Cuba en el siglo XIX, cuando eran las últimas colonias de España.

Cuba y Puerto Rico en el siglo XIX

La historiadora Astrid Cubano, en su artículo “Azúcar y política en Puerto Rico a fines del siglo XIX”, expone que hubo un momento en que España firmó un tratado comercial con Estados Unidos, para que pudiera haber una especie de libre comercio entre Cuba, Puerto Rico y Estados Unidos.

Muy interesante resultaron ser las comparaciones que hiciera Cubano sobre los efectos del tratado comercial en Puerto Rico, Cuba y Estados Unidos. Mientras en Cuba se experimentó una “expansión acelerada de la industria azucarera” y Estados Unidos disfrutó de “un aumento de consumos de productos norteamericanos”, esta relación de mutua beneficencia no se veía con Puerto Rico, ya que era productor de azúcar moscabada, la cual que no era mercadeable en Estados Unidos.

Al terminar el tratado entre España y Estados Unidos en 1894, la economía cubana, que tanto se había beneficiado de este acuerdo, se desestabilizó, lo cual creó condiciones favorables para la insurrección, sobre todo despues de haber comprobado el gran potencial económico que le daba la libertad de poder comerciar libremente con paises como Estados Unidos. Como consecuencia de esto, en el 1895, empezó su guerra por la independencia.

Mientras ésto pasaba, en Puerto Rico había una estabilidad en la industria azucarera, lo cual “aceleraba la integración de Puerto Rico al sistema colonial español”, sistema en el cual su industria azucarera era compatible, por su pequeño tamaño, contrario a la industria de Cuba que era incompatible por su producción tan grande.

Cubano, resume muy bien las diferencias entre Cuba y Puerto Rico cuando dice que:

“En Puerto Rico esas condiciones y políticas tendían a fortalecer las tendencias conservadoras de la clase propietaria. En Cuba parece haber ocurrido lo opuesto: las condiciones económicas y políticas estatales crearon sectores propietarios sensibles a la predica de los movimientos de liberación del yugo colonial. Puesto de otra forma, en Puerto Rico la clase propietaria no generó un amplio liderato rebelde”.
José Luis Gonzalez y su visión materialista de la historia

Este texto de Astrid Cubano, recuerda muy bien la concepción materialista de la historia, defendida en el caso de Puerto Rico en el clásico –pero no tan popular entre historiadores—ensayo El país de cuatro pisos, de José Luís González, en el cual el autor cita a Betances cuando éste escribió que la independencia de Puerto Rico no llegó porque “…los puertorriqueños ricos nos han abandonado”.

De hecho, en una entrevista que se le hiciera a José Luís González, éste reflexionó diciendo que:

“si todavía no somos un país independiente, no se debe a la maldad de nadie; se debe a que los pueblos luchan por su independencia sólo cuando la independencia le es necesaria a un sector importante de su población y si no, no. Y aquí no ha sido el caso.”

Precisamente, el artículo de Astrid Cubano, sin caer en simplismos ni generalizaciones estereotipadas, respalda esta tesis, a pesar de que, en otro de sus planteamientos antes mencionados, nos muestra como los pensamientos y los partidos políticos en Puerto Rico no eran homogéneos.

En el caso de Puerto Rico, Cubano nos enseña que nuestro conservadurismo estaba envuelto en melao, gabazo y café.

En conclusión, en este tema, no hay nada por lo cual avergonzarse. En vez de lamentar y juzgar, una mejor actitud es tratar de comprender. Comprender y luego actuar de acuerdo con esa comprensión.






















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