Las penas de una isla

A veces parece inresistible la tentación de lamentarse y pensar que todo empeora, sin solución visible. Puerto Rico enfrenta una crisis económica que tiene a miles de nuevos desempleados en la calle y que tiene al gobierno a punto de perder su crédito. Ésto obliga a subir el precio de todo tipo de productos y servicios que, junto con el alza internacional del precio de la gasolina, estrangulan al consumidor, le exprime el sueldo al trabajador y desalienta al inversionista local y extranjero.
También seguimos en medio del limbo político del estatus, que, en la actualidad, se recrudece con la polarización de varios sectores, alimentados por la enorme incertidumbre de no saber que le espera al país, y por la incompetencia de los lideres políticos que cada vez más pierden legitimidad con sus peleas internas, sus medidas anti-obrero y sus constantes subidas de sueldo aprobadas por ellos mismos.
Ésto sin mencionar la guerra. Sin mencionar los recortes de derechos civiles de Bush. Y obviamente, sin mencionar a Bush.
Todo parece desalentador. Pero nada. Hubo tiempos mucho peores, como la época de la Gran Depresión. Si sacaramos a un Basilio Martínez (mi bisabuelo, que nunca conocí) del año 1936 y lo pusieramos en el 2006, de seguro que él pensaría que estamos en una bonanza económica. Ya hubiera querido él vivir nuestra crisis.
Ahora…¿Vendrán tiempos peores? ¿Será ésto sólo el comienzo? Los discursos premodernistas llueven en esta época, pronosticando, como siempre, el apocalipsis económico, político y social, mientras añoran el pasado. Yo no sé (¿Incertidumbre postmoderna? Quizás). Lo único que sé es que, como pasa en el béisbol, en el baloncesto y en cualquier tipo de competencia, aunque Puerto Rico no sea el favorito para salir con la victoria, yo voy a mi equipo.