Navidad blanca en Puerto Rico
Cuando era niño, tenía la sensación –por decirlo de alguna manera– de que la navidad en Puerto Rico era una navidad incompleta. Claro, jamás llegué a articular mi impresión en palabras, o en algún pensamiento específico, pero me era evidente que Puerto Rico carecía de ciertos elementos básicos de la época navideña.
Para empezar, aquí nunca nieva, y todo niño sabe que una navidad grandiosa, milagrosa, y especial se consagra con una nevada nocturna, que es como el clímax del festejo. Así me lo mostraron todas las películas laicas que veía en mis días feriados. Según parecía, aquí nunca nos merecíamos ese regalo (junto con todo lo que trae este: muñecos de nieves, paseo en trineo, guerras de bolitas de nieves, patinaje sobre hielo, etc,).
Tampoco teníamos chimenea. Ni en mi casa, ni en ningún casa del barrio. ¡Por dónde demonios iba a entrar Santa Claus si ni tan siquiera le teníamos preparada su entrada! ¡No envarde nunca nevaba! (Para explicar como entraba este personaje a mi casa, mis familiares tuvieron que adaptar la leyenda, y atribuirle al gordito la capacidad de traspasar paredes).
Por otro lado, siempre me llamó la atención como las mega tiendas, farmacias y demás negocios decoraban con algodón sus espacios, simulando la nieve que nunca nos llegaba. Y junto con ello, la semiótica de muchos lugares cambiaba con múltiples significantes de navidad estadounidense. El blanco, junto con el rojo y el verde, pasaba a ser el color dominante, pero solo en todo lo artificial, porque en lo natural todo seguían siendo igual.
Junto con estos esfuerzos de compensar lo que la naturaleza no les da a los desdichados hijos del trópico, han llegado otros más que con el tiempo han ido aumentando. Entre estos, podemos apreciar las bombillitas de navidad que simulan nieve estancada en los techos, los hombres de nieve hechos de plástico o formados con luces, y la casi obligada presencia del pino (una tradición pagana de los paises nórdicos).
Años atrás, una alcaldesa de San Juan, Felisa Rincón Gautier (QED), reconociendo la urgente necesidad de que los niños de San Juan tuvieran nieve, trajo un cargamento con ella en un avión desde Estados Unidos. En épocas más recientes, podemos mencionar las acciones de algunos centros comerciales, como Plaza La Américas, el año pasado, donde cayó nieve artificial –hecha con espuma de detergente– en su interior al ritmo del Jingle Bell, o Plaza Caribe, este año, donde hay una pista blanca que simula hielo donde dejan a los niños pasear con unos patines sin ruedas que simulan ser filosos.
Todo esto parece un esfuerzo por compensar a un clima isleño deficiente, que no es capaz de tan siquiera producir nieve cuando es necesario.
Pero por más que baje la temperatura en Adjuntas, aquí no va a nevar, y ni un cambio climático a gran escala mundial –que ya está sucediendo– va a cambiar eso, al contrario, más calurosos nos ponemos (¡Tropicalísimo! Como el programa de don Titte Curet en Radio Universidad).
Respeto a los que aspiran a vivir en igualdad con los del norte, pero todo tienen un limite. Somos diferentes. Ya quisieran allá no tener que romantizar sus tempestades, y tener un sol de verano de enero a diciembre.
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