La degeneración de la democracia
Desde la Edad Antigua, Aristóteles nos advertía que la democracia, aunque es un buen sistema de gobierno, podría degenerarse hasta convertirse en demagogia. Y es que resulta muy fácil para el demagogo usurparle el poder a una masa de personas sin preparación para ejercerlo.
En este sentido, desde un principio hay una marcada desigualdad entre el demagogo y el pueblo, ya que el demagogo, por lo general, se ha educado en el arte de la retórica, o al menos ha dedicado un buen tiempo para reflexionar sobre lo que quiere, y como lo logrará. Este conocimiento, por mínimo que sea, es un instrumento de dominación que utiliza para manipular a quien no lo tiene.
Un pueblo sin preparación, por su parte, no le dedica tiempo a razonar sino a escuchar lo que sus lideres – que ya han pensado por ellos—tienen que decir. Al no contar con una base racional para emitir un juicio sobre los mensajes de sus líderes, recurren a otra respuesta humana que es mucho más rápida que el razonamiento, las emociones. Dejan que estas sean como una brújula que le apunta hacia el norte, donde ya está situado el demagogo más eficaz y mejor anticipado. Éste, que ya ha analizado a sus receptores, les dice todo lo que quieren escuchar, tocando puntos emocionalmente sensibles[1] en su mensaje, lo cual activa la respuesta deseada y calculada, como el interruptor que prende a una máquina.
Ejemplos históricos de esta conducta sobran. Adolfo Hitler, un político electo por mayoría en elecciones legitimas, logró utilizar hábilmente la frustración del pueblo alemán para encaminarlo hacia los deseos de una feliz redención por medio de una colérica militancia y un desprecio, que llegaba a ser odio, hacia las otras razas humanas. Más que razones, su movimiento tenía pasiones.
Otro ejemplo, tanto histórico como psicológico, es el hecho de que los jovenes siempre han sido más receptivos a los discursos radicales, no por sus razones sino por la pasión con la cual son estos mensajes emitidos, muy compatibles con la pasión que caracteriza a los jóvenes. (Hay quien podría argumentar que este hecho se debe, no a la actitud pasional juvenil, sino a la actitud resistente a los cambios de los mayores, lo cual es debatible, pero considero que la existencia de una actitud no prueba la inexistencia de la otra, sino que mientras los jóvenes tienen un impulso natural y pasional a aceptar el cambio, los mayores tienen un impulso a rechazarlo).
La demagogia, que es definida como el “Halago a las pasiones del pueblo para dominarlo”, es producto, como ya he planteado anteriormente, de una desigualdad de condiciones entre el demagogo y el pueblo. Sólo a través de una verdadera educación[2], que estimule una perspectiva crítica y un pensamiento independiente, es que se puede romper con esa desigualdad, devolviéndole al pueblo la capacidad de ejercer la soberanía en el sistema. Es imposible la participación democrática, en mecanismos como asambleas, referéndums y elecciones, sin participantes educados.
Una verdadera democracia sólo es posible en la medida en que el pueblo tenga las herramientas necesarias – Educación y preparación – para ejercer la soberanía y no ser manipulado por un usurpador de poder. Así como el soldado se le prepara para el combate, y al obrero se le adiestra para el trabajo, al pueblo se le tiene que educar si de verdad se quiere que sea el soberano. Sin una preparación, el soldado muere rápido en el combate, el obrero fracasa en su trabajo, y la democracia…simplemente no existe.
21/04/2005
Technorati Tags:
democracia, demagogia, aristóteles, filosofía, educación, política, gobierno
Del.icio.us Tags:
democracia, demagogia, aristóteles, filosofía, educación, política, gobierno
Furl Tags:
democracia, demagogia, aristóteles, filosofía, educación, política, gobierno