La Noche Que Perdimos Dos Sentidos
por: Eugenio Martínez Rodríguez
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En el silencio de la noche, Sam se tiró un tremendo pedo cuyo sonido corrió la seca y la meca hasta llegar a Pekín. Después del grotesco sonido sinfónico que retumbó el vecindario y hasta explotó tímpanos, llegó el nada suave olor aromático. Los vecinos caían desmayados por la peste, algunos vomitaban y otros lloraban fuerte para así contener sus ácidos internos. Mientras tanto, Sam reía en su casa mientras repetía como loco la frase “Aromaterapia, aromaterapia, aromaterapia pa” mi gente”.
Un grupo de vecinos del área, algunos con ya solo tres sentidos, decidió entrar a la casa de Sam para sacar “el cadáver” pues estaban convencidos de que tal peste solo la podía producir un cuerpo en estado de putrefacción. Para su sorpresa, encontraron a Sam vivo y riendo.
–Estoy en mi derecho, es natural– argumentaba Sam entre risas.
Muchos vecinos ya estaban molestos con la peste aniquiladora de Sam. Decían que si hace un año ahorcaron a Gómez y a Mohamed por erutar y tener hipo, debían aplicarle la misma ley a Sam. “Es diferente” gritaban los defensores de Sam. “Sam esta en su derecho, pero lo de Gómez fue grotesco, ni hablar de lo de Mohamed”.
“La ley es la ley” decían los molestos. “Pero no para Sam” decían los otros. Después de discutir y discutir, los molestos y los otros se fueron mas divididos que nunca pero por el mismo camino: rumbo a su trabajo, rumbo a Sam’s Corporation.